El planeta Tierra tiene la capa de ozono perforada. Igual sigue estando habitado. Pero indudablemente no es el mismo que antes de dañarse la atmósfera. Acá tampoco quedamos igual, ante la súbita ausencia del Flaco. En ese entonces, algunos de nosotros, simultáneamente a enfrascarnos en los cotidianos menesteres, poseíamos la certeza de que había alguien en el mundo que se estaba ocupando en ese momento de la misión de elevar los estándares de poesía, de magia, de creación afortunada, de lirismo y musicalidad afines. En suma, de la tarea -única, como lo era también su artífice- de crear joyas impares y excelsas. Pero con la característica de que éstas no existían solo para ser admiradas. Se podían tocar, cantar, hacerlas de uno, incorporarlas al acervo personal-existencial-filosofal-vivencial-amoroso. Eran -son- gemas que este alguien, este ser, creaba para regalar al orbe. Uno se sentía a salvo no sólo cuando arribaba al oasis al que nos conducían bella y mansamente esas canciones (como bien dice Pato, mi hijo), sino también cuando hacía su vida normal, con la seguridad de que mientras tanto un agradable orfebre de Villa Urquiza proseguía esmerándose día tras día en su oficio de elaborar creaciones distintas entre sí pero sin bajar nunca los niveles de creatividad, armonía y belleza. Y luego largarlas al mundo apenas terminadas para recién entonces, pausa o no, abocarse a la creación de otras nuevas. Quizás en esta tarea pueda equipararse al Flaco con Hattori Hanzo, el herrero especialista en espadas (katanas) en “Kill Bill”, que forjaba las mejores que existían en el planeta. Así, cada una tenía una inscripción: “Los libros de la buena memoria”,“El anillo del Capitán Beto",“Los elefantes”,“Serpiente viaja por la sal”,“Dulce tres nocturno”, “La bengala perdida”, entre tantas otras. Y cuando nos apoderábamos de las katanas-canciones, nos sentíamos protegidos, con la sensación de que en adelante nada nos podría dañar demasiado en la Tierra, ya que ahora estábamos inmunizados por el amor, la belleza y la poesía. Él mismo era, también, su mejor instrumento. “Crear cosas hermosas depende de una vida hermosa”, le dijo Luis Alberto en su casa, en el año nuevo de 1977, a Miguel Grinberg, mientras afuera tronaba. Vaya si las llevó a cabo hermosamente hasta el final. A su creación y a su vida. Y con su pérdida, al no dejar un heredero o sucesor en esa portentosa tarea, restó preguntar si el mundo resistiría la orfandad. ¿Quién se haría cargo, ahora, del taller? Fácil, el planeta tendría que acostumbrarse a funcionar simplemente de otra manera, con la capa de ozono ya no más intacta, o del modo en el que queda el universo al perder una estrella: imposible generar otra igual. Y de pronto, la sorpresa… en las redes sociales, que uno imaginaba tan vacías de ideas y de conceptos, así como también pletóricas de vulgarización y banalización del lenguaje; aparecieron miles de miles de pequeños mensajes de amor, emoción, sutileza, brillo, belleza y sentimiento. Muchísimos renglones ofrendando adioses, besos, despedidas; pluralidad de expresiones significando bella e iluminadamente lo que había sido el influjo de ese ser en sus almas. Todo proveniente de quienes fueron bañados por su luz en algún momento de sus existencias, frutos al fin de la cosecha de una siembra de casi más de cuarenta años. El legado entonces, estaba asegurado, de una forma singular pero a la vez poética: quedaban no uno sino incontables pichones de spinettas con una porción de luz en sus respectivas vidas que les auguraba para el futuro tanto crear cosas hermosas como llevar vidas más hermosas. Nada menos. Todos, ellos y nosotros, afortunados que nunca volvieron a ser los mismos desde que escucharon por primera vez a un flaco que fabricaba espadas en su barrio para regalarlas.
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